Miro las montañas por la ventana. Muevo la mesa para estar frente a ellas.

Me atropellan las palabras y el deseo vacío de escribir. Cómo adoro las palabras! La manera en que conmueven, confunden, justifican, manipulan, protegen, acercan.

Soy verdad y soy mentira procurando resplandecer en lo auténtico.


Ahora, mirando las montañas, doyme cuenta de mi lucha incesante entre patrones y certezas.

Fui ganando la energía suficiente para que mi cabeza me convenza de cosas que mi espíritu decide ignorar y se tira al encuentro de lo que necesita.

Y entre lágrimas me rio de mis manipulaciones. Y confío que tengan tan poco efecto en vos, como tienen en mi.


Mañana ya no veré estas montañas. Y no me importa.

Ahora sé que a donde vaya, veré paisajes que agradeceré tener delante. Sea cual sea.

No estoy en la habitación más bonita, pero estoy sola, y me parece un momento infinito.

Te doy la bienvenida, inmensidad.


“… se quitan la máscara que nos hace vernos a nosotros mismos y al mundo en que vivimos como corrientes, sin brillo, previsibles y repetitivos, y que se ponen la segunda máscara que nos ayuda a considerarnos a nosotros y a nuestro entorno como realmente somos, acontecimientos asombrosos que florecen una vez en una existencia transitoria y que nunca vuelven a repetirse”

“El sueño de la bruja” Florinda Donner.